Pontevedra, 7:45. Suena el despertador. Abro un ojo. Suena la lluvia en el patio. Vuelvo a cerrar el ojo.
Pontevedra,
7:55. “¿Tú no has quedado dentro de un rato para correr?” me dice Ana.
“Bufff, creo que sí. Mierda”. Sigue lloviendo.
Pontevedra, 8:25. Alex
me tenía que haber recogido hace 10 minutos y aquí estoy, en la calle,
en pantalón corto y pasando más frío que un periquito en un congelador.
Voy a regalarle a este chico un reloj adelantado para su cumpleaños.
Ruth, la ciclogénesis de turno, sigue azuzando en forma de aguacero y
vientaco. Que digo yo que podía descansar un ratico, pues no.
Moaña,
9:00. Esto está plagado de Kilians. La mitad tiene pinta de haber
corrido el Ultra Trail del Mont Blanc lo menos 7 veces seguidas sin
cansarse. La otra mitad intentamos guardar filas para hacer el pis de
rigor, nos hacemos fotos chorras, nos colocamos el dorsal 3 ó 4 veces…
Ruth sigue ahí, cabezuda como ella sola.
Moaña, 9:45. Dan la salida.
El plan es tomárnoslo de tranqui, ir de menos a más. Que nos conocemos.
Salva, Alex y yo tenemos más o menos al mismo nivel, así que en
principio iremos juntos. Cuatrocientos metros de asfalto y nos meten por
la playa. Coño ¿y Salva? Paramos a esperarlo y a lo que me doy cuenta
veo su capucha doscientos metros por delante. Perdemos un miembro del
equipo. Otros 400 metros corriendo por la arena y nos hacen cruzar por
la desembocadura del río con el agua a la altura del culo. Pieses
calados, piernas frescas, y seguimos zapateando por la arena más rato
que el año pasado. Ahí ya vamos adelantando a gente corriendo por el
agua. Salimos a asfalto y enseguida nos meten por sendero.
“¡Esos
Aromones! ¡Corred, mecajonacona!” Ese es Gon. Este año no participa,
pero es un titán. Seguimos y en un kilómetro nos encontramos el primer
embotellamiento. Empieza la senda ratonera y somos muchos los
pretendientes, así que toca esperar un buen rato. La senda está en su
punto de agua. Los 800 pieses que llevamos por delante se han encargado
de crear un barro pestoso, parecido al chocolate, que te hace ir con los
5 sentidos puestos en donde pones el pié para no irte al suelo. La peña
sigue emperrada con esquivar los charcos que hay en el camino, así que
yo voy atajando por el medio. Ya sé lo que me espera, así que no me
importa ensuciar las zapatillas. Alex va más reservón, por lo que voy
esperando por él cada poco tiempo, que los que compiten van por delante,
muy por delante. Yo me dedico a no sufrir demasiado. El río baja en
paralelo a nuestro lado cargadísimo de agua. Recuerdo por dónde nos
metieron el año pasado y me da yuyu de pensar que nos vuelvan a meter
por allí.
Así poco a poco vamos dejando atrás molinos, pasarelas de
madera, cuestas resbaladizas, y llegamos al primer avituallamiento.
Kilómetro 5. Medio vaso de agua, ains. Supongo que se puede repetir,
pero ya les vale. Ahora sí que empieza la parte divertida de la subida.
La senda se transforma en senda rota, con escalones, raíces, piedras,
desnivel importante… Los tobillos empiezan a sufrir, y yo con ellos. Las
raíces están intratables, hay que mirar donde pisas porque te juegas la
carrera. Y llega el segundo embotellamiento del día. Efectivamente nos
hacen cruzar el río por el mismo sitio que el año pasado. Con fuerte
corriente, en una zona de cascadas, y con el agua casi por la cintura,
menos mal que hay colocada una soga a modo de línea de vida, para evitar
que alguien se vaya a meta haciendo barranquismo involuntario. Seguimos
trotando parriba con las piernas y los pieses frescos. Combinamos zonas
de barro, piedra y más vadeos del río hasta que desembocamos en una
pista de tierra. Kilómetro 7 y pico. Cien metros de suave descenso,
desvío a la izquierda y… ¡Cortafuegos! Ahí ya es imposible trotar. Toca
fijar la mirada en los pieses para no ver lo que queda, intentar no
resbalar a cada paso, y salvar los 150 metros de desnivel con una
pendiente del 50%. Oigo a Alex resoplar por detrás así que el ritmo es
bueno. Poco a poco, con la patata latiendo a toda ostia, llegamos al
final de ese infierno, y toca afrontar una senda llena de charcos que
vuelvo a evitar esquivar. Las piernas me piden ir andando, pero decido
maltratarlas un poco más, que para eso he venido. Sube y baja divertido
por una senda muy chula donde intento relajar un poco los músculos y de
golpe empezamos el segundo cortafuegos. Parriba andando y con sentidiño.
El
año pasado Ana nos esperaba en la parte de arriba haciendo fotos, justo
donde está aquel señor que grita “¡Esos Aromones! ¡Subid corriendo,
mecajonacona!” Coño, si está Gon esperando. Llego a su altura intentando
trotar y lo veo grabando con la GoPro. Mierda, ahora sí que hay que
darlo todo. Se pone a mi lado corriendo, y yo dándolo todo, hablando o
tratando de hacerlo entre resoplidos (Cuando vea la grabación me va a
dar la risa). Alex viene por detrás. Llega la primera bajada endurera
del día, suelto frenos y me dejo ir. Guapa, guapa. Gon viene detrás.
Pero de nuevo la cosa se pone achuchante hacia arriba, así que bajo el
ritmo esperando que Alex me alcance, que me he emocionado un poco en la
bajada. Gon va como una gacela, con la GoPro en la mano, y dándome
ánimos. Así no hay dios que vaya andando. Kilómetro 11. Llegamos al
punto donde estaba el segundo avituallamiento el año pasado y… ¡no está!
Gon se queda en el último tramo de asfalto, y Alex y yo nos tomamos el
último repecho del día con tranquilidad para intentar llegar a la cima
lo más enteros posible. Nos rodea una niebla interesante, llueve, hace
frío… Esto es épico, señores.
Empezamos a bajar. Con los 800
pieses que nos preceden las sendas están destrozadicas. Barro asqueroso
por todos los lados. Aún así empezamos a adelantar a gente gritándoles
por qué lado los vamos a hacer. Los pies resbalan pero voy controlando
las piedras donde apoyarme para coger impulso y saltar ganando unos
metros. Llego por fin a una senda medianamente seca y me encuentro a Gon
de nuevo, esta vez vestido de corredor, y con su inseparable GoPro. Qué
titán. Nos acompaña una parte de la bajada marcándonos el camino. El
segundo avituallamiento está en el palco de Chandarquiña. Allí ponen
Aquarius, y puedes pillar plátano y naranjas, menos mal. Seguimos
pabajo, disfrutando de sendas, y en otro cortafuegos vuelvo a soltar
frenos y dejo derrapar los pieses mientras adelanto a gente. Genial.
Abajo Gon nos abandona definitivamente (Gracias por los buenos ratos,
majetón). Alex y yo empezamos a enlazar pistas con sendas, y llega mi
primera torcedura de tobillo. Mierda. Duele, pero meto las zarpas en un
charco y dejo que el frío haga efecto. Seguimos bajando y el tobillo no
sigue molestando, así que le sigo dando cera. Sobre todo cuidando con
las raíces y los charcos, no los cargue el diablo. Llegamos a un tramo
de asfalto y me tuerzo el otro tobillo, tócate los huevos. Voy cojeando
un rato hasta que puedo encontrar un charco lo suficientemente profundo y
vuelvo a dejar que la crioterapia natural haga efecto. Continúo y veo
que Alex me espera, así que tiramos pabajo con talento. Tercer
avituallamiento. Kilómetro 14 (medio vasico de agua pal buche), y
seguimos esquiando en barro. Nos cruzamos con un chaval al que dos
compañeros llevan en volandas por un esguince y tiemblo pensando en que
podría haber sido yo fácilmente, así que bajamos ritmo y tratamos de
asegurar. La senda inicial que al principio de la carrera estaba
embarrada, ahora está deslizante (desde el avituallamiento el trayecto
es a la inversa) y cada pasito es un peligro, así que el último
kilómetro lo hacemos prácticamente andando-patinando.
Al final
entramos en meta de la mano. Kilómetro 18,7. Alex y yo lo hemos
superado. Casi tres horas de sufrimiento y de diversión que puestos en
una balanza se quedan en tablas.
En el pabellón encontramos a Salva,
abrazacos, comentamos la jugada, estiramos, comemos unos sanwiches que
la organización ha preparado, nos “duchamos” con agua fría, y tiramos de
vuelta para Pontevedra.
Fin de la cita.
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