lunes, 10 de febrero de 2014

Trail del río Fraga 2014

Pontevedra, 7:45. Suena el despertador. Abro un ojo. Suena la lluvia en el patio. Vuelvo a cerrar el ojo.
Pontevedra, 7:55. “¿Tú no has quedado dentro de un rato para correr?” me dice Ana. “Bufff, creo que sí. Mierda”. Sigue lloviendo.
Pontevedra, 8:25. Alex me tenía que haber recogido hace 10 minutos y aquí estoy, en la calle, en pantalón corto y pasando más frío que un periquito en un congelador. Voy a regalarle a este chico un reloj adelantado para su cumpleaños. Ruth, la ciclogénesis de turno, sigue azuzando en forma de aguacero y vientaco. Que digo yo que podía descansar un ratico, pues no.
Moaña, 9:00. Esto está plagado de Kilians. La mitad tiene pinta de haber corrido el Ultra Trail del Mont Blanc lo menos 7 veces seguidas sin cansarse. La otra mitad intentamos guardar filas para hacer el pis de rigor, nos hacemos fotos chorras, nos colocamos el dorsal 3 ó 4 veces… Ruth sigue ahí, cabezuda como ella sola.
Moaña, 9:45. Dan la salida. El plan es tomárnoslo de tranqui, ir de menos a más. Que nos conocemos. Salva, Alex y yo tenemos más o menos al mismo nivel, así que en principio iremos juntos. Cuatrocientos metros de asfalto y nos meten por la playa. Coño ¿y Salva? Paramos a esperarlo y a lo que me doy cuenta veo su capucha doscientos metros por delante. Perdemos un miembro del equipo. Otros 400 metros corriendo por la arena y nos hacen cruzar por la desembocadura del río con el agua a la altura del culo. Pieses calados, piernas frescas, y seguimos zapateando por la arena más rato que el año pasado. Ahí ya vamos adelantando a gente corriendo por el agua. Salimos a asfalto y enseguida nos meten por sendero.
“¡Esos Aromones! ¡Corred, mecajonacona!” Ese es Gon. Este año no participa, pero es un titán. Seguimos y en un kilómetro nos encontramos el primer embotellamiento. Empieza la senda ratonera y somos muchos los pretendientes, así que toca esperar un buen rato. La senda está en su punto de agua. Los 800 pieses que llevamos por delante se han encargado de crear un barro pestoso, parecido al chocolate, que te hace ir con los 5 sentidos puestos en donde pones el pié para no irte al suelo. La peña sigue emperrada con esquivar los charcos que hay en el camino, así que yo voy atajando por el medio. Ya sé lo que me espera, así que no me importa ensuciar las zapatillas. Alex va más reservón, por lo que voy esperando por él cada poco tiempo, que los que compiten van por delante, muy por delante. Yo me dedico a no sufrir demasiado. El río baja en paralelo a nuestro lado cargadísimo de agua. Recuerdo por dónde nos metieron el año pasado y me da yuyu de pensar que nos vuelvan a meter por allí.
Así poco a poco vamos dejando atrás molinos, pasarelas de madera, cuestas resbaladizas, y llegamos al primer avituallamiento. Kilómetro 5. Medio vaso de agua, ains. Supongo que se puede repetir, pero ya les vale. Ahora sí que empieza la parte divertida de la subida. La senda se transforma en senda rota, con escalones, raíces, piedras, desnivel importante… Los tobillos empiezan a sufrir, y yo con ellos. Las raíces están intratables, hay que mirar donde pisas porque te juegas la carrera. Y llega el segundo embotellamiento del día. Efectivamente nos hacen cruzar el río por el mismo sitio que el año pasado. Con fuerte corriente, en una zona de cascadas, y con el agua casi por la cintura, menos mal que hay colocada una soga a modo de línea de vida, para evitar que alguien se vaya a meta haciendo barranquismo involuntario. Seguimos trotando parriba con las piernas y los pieses frescos. Combinamos zonas de barro, piedra y más vadeos del río hasta que desembocamos en una pista de tierra. Kilómetro 7 y pico. Cien metros de suave descenso, desvío a la izquierda y… ¡Cortafuegos! Ahí ya es imposible trotar. Toca fijar la mirada en los pieses para no ver lo que queda, intentar no resbalar a cada paso, y salvar los 150 metros de desnivel con una pendiente del 50%. Oigo a Alex resoplar por detrás así que el ritmo es bueno. Poco a poco, con la patata latiendo a toda ostia, llegamos al final de ese infierno, y toca afrontar una senda llena de charcos que vuelvo a evitar esquivar. Las piernas me piden ir andando, pero decido maltratarlas un poco más, que para eso he venido. Sube y baja divertido por una senda muy chula donde intento relajar un poco los músculos y de golpe empezamos el segundo cortafuegos. Parriba andando y con sentidiño.
El año pasado Ana nos esperaba en la parte de arriba haciendo fotos, justo donde está aquel señor que grita “¡Esos Aromones! ¡Subid corriendo, mecajonacona!” Coño, si está Gon esperando. Llego a su altura intentando trotar y lo veo grabando con la GoPro. Mierda, ahora sí que hay que darlo todo. Se pone a mi lado corriendo, y yo dándolo todo, hablando o tratando de hacerlo entre resoplidos (Cuando vea la grabación me va a dar la risa). Alex viene por detrás. Llega la primera bajada endurera del día, suelto frenos y me dejo ir. Guapa, guapa. Gon viene detrás. Pero de nuevo la cosa se pone achuchante hacia arriba, así que bajo el ritmo esperando que Alex me alcance, que me he emocionado un poco en la bajada. Gon va como una gacela, con la GoPro en la mano, y dándome ánimos. Así no hay dios que vaya andando. Kilómetro 11. Llegamos al punto donde estaba el segundo avituallamiento el año pasado y… ¡no está! Gon se queda en el último tramo de asfalto, y Alex y yo nos tomamos el último repecho del día con tranquilidad para intentar llegar a la cima lo más enteros posible. Nos rodea una niebla interesante, llueve, hace frío… Esto es épico, señores.

Empezamos a bajar. Con los 800 pieses que nos preceden las sendas están destrozadicas. Barro asqueroso por todos los lados. Aún así empezamos a adelantar a gente gritándoles por qué lado los vamos a hacer. Los pies resbalan pero voy controlando las piedras donde apoyarme para coger impulso y saltar ganando unos metros. Llego por fin a una senda medianamente seca y me encuentro a Gon de nuevo, esta vez vestido de corredor, y con su inseparable GoPro. Qué titán. Nos acompaña una parte de la bajada marcándonos el camino. El segundo avituallamiento está en el palco de Chandarquiña. Allí ponen Aquarius, y puedes pillar plátano y naranjas, menos mal. Seguimos pabajo, disfrutando de sendas, y en otro cortafuegos vuelvo a soltar frenos y dejo derrapar los pieses mientras adelanto a gente. Genial. Abajo Gon nos abandona definitivamente (Gracias por los buenos ratos, majetón). Alex y yo empezamos a enlazar pistas con sendas, y llega mi primera torcedura de tobillo. Mierda. Duele, pero meto las zarpas en un charco y dejo que el frío haga efecto. Seguimos bajando y el tobillo no sigue molestando, así que le sigo dando cera. Sobre todo cuidando con las raíces y los charcos, no los cargue el diablo. Llegamos a un tramo de asfalto y me tuerzo el otro tobillo, tócate los huevos. Voy cojeando un rato hasta que puedo encontrar un charco lo suficientemente profundo y vuelvo a dejar que la crioterapia natural haga efecto. Continúo y veo que Alex me espera, así que tiramos pabajo con talento. Tercer avituallamiento. Kilómetro 14 (medio vasico de agua pal buche), y seguimos esquiando en barro. Nos cruzamos con un chaval al que dos compañeros llevan en volandas por un esguince y tiemblo pensando en que podría haber sido yo fácilmente, así que bajamos ritmo y tratamos de asegurar. La senda inicial que al principio de la carrera estaba embarrada, ahora está deslizante (desde el avituallamiento el trayecto es a la inversa) y cada pasito es un peligro, así que el último kilómetro lo hacemos prácticamente andando-patinando.
Al final entramos en meta de la mano. Kilómetro 18,7. Alex y yo lo hemos superado. Casi tres horas de sufrimiento y de diversión que puestos en una balanza se quedan en tablas.
En el pabellón encontramos a Salva, abrazacos, comentamos la jugada, estiramos, comemos unos sanwiches que la organización ha preparado, nos “duchamos” con agua fría, y tiramos de vuelta para Pontevedra.
Fin de la cita.

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