Ayer salí a trotar por la noche. En Pontevedra diluviaba a las 21,30
pero decidí que tenía que hacerlo. Así que me calcé las zapatillas, me
puse unas mallas cortas, un cortavientos, el frontal, y salí a la calle
sin tener muy claro adónde ir.
Casi por inercia mis patas me
condujeron a la isla de las esculturas, donde la mayoría de los
corredores de Pontevedra "entrenamos". Por allí me crucé con 5 ó 6 locos
que, como yo, quemaban calorías a base de una buena mojadura.
Entre
pensamientos inconexos me encontré en Monteporreiro, y una vez allí las
luces de la ciudad se acababan y me quedaba a solas con la senda y la
lluvia. Encendí el frontal y seguí lanzando zancadas sin ninguna
pretensión. A los pocos metros vi que entre la lluvia y el vapor de mi
aliento, la luz molestaba más que otra cosa, así que... luces fuera.
Casi
una hora corriendo a oscuras, con 3 ó 4 metros de senda visible por
delante alumbrada por la luna llena reflejada en las nubes y en las
gotas de lluvia. Se me ocurren infinidad de situaciones más placenteras,
pero en ese momento yo estaba a gusto. Metiendo los pies hasta los
tobillos en los charcos, dejando a los lados las sombras inmóviles de
los árboles que de día te dan una referencia de en qué punto de la senda
estás, calado hasta los huesos...
De golpe vi que había llegado al
final de la senda, así que tocaba dar la vuelta. Siete kilómetros más
para llegar a casa. Mismo escenario, mismas sensaciones, mismas
emociones. La lluvia, la oscuridad, el ruido del río, de mis pisadas, de
mi respiración... No quería que se acabase ese momento. Pero poco a
poco fui siendo engullido por las luces naranjas de una ciudad cada vez
más grande, y del ser especial y único que había sido hasta ese momento,
pasé a convertirme de nuevo en otro de los destalentados (está vez sólo
me crucé con otro corredor) que desafiaba a la lluvia a las tantas de
la noche.
Qué bien me sentó la ducha.
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