lunes, 10 de febrero de 2014

Trotando bajo la lluvia (I)

Ayer salí a trotar por la noche. En Pontevedra diluviaba a las 21,30 pero decidí que tenía que hacerlo. Así que me calcé las zapatillas, me puse unas mallas cortas, un cortavientos, el frontal, y salí a la calle sin tener muy claro adónde ir.
Casi por inercia mis patas me condujeron a la isla de las esculturas, donde la mayoría de los corredores de Pontevedra "entrenamos". Por allí me crucé con 5 ó 6 locos que, como yo, quemaban calorías a base de una buena mojadura.
Entre pensamientos inconexos me encontré en Monteporreiro, y una vez allí las luces de la ciudad se acababan y me quedaba a solas con la senda y la lluvia. Encendí el frontal y seguí lanzando zancadas sin ninguna pretensión. A los pocos metros vi que entre la lluvia y el vapor de mi aliento, la luz molestaba más que otra cosa, así que... luces fuera.
Casi una hora corriendo a oscuras, con 3 ó 4 metros de senda visible por delante alumbrada por la luna llena reflejada en las nubes y en las gotas de lluvia. Se me ocurren infinidad de situaciones más placenteras, pero en ese momento yo estaba a gusto. Metiendo los pies hasta los tobillos en los charcos, dejando a los lados las sombras inmóviles de los árboles que de día te dan una referencia de en qué punto de la senda estás, calado hasta los huesos...
De golpe vi que había llegado al final de la senda, así que tocaba dar la vuelta. Siete kilómetros más para llegar a casa. Mismo escenario, mismas sensaciones, mismas emociones. La lluvia, la oscuridad, el ruido del río, de mis pisadas, de mi respiración... No quería que se acabase ese momento. Pero poco a poco fui siendo engullido por las luces naranjas de una ciudad cada vez más grande, y del ser especial y único que había sido hasta ese momento, pasé a convertirme de nuevo en otro de los destalentados (está vez sólo me crucé con otro corredor) que desafiaba a la lluvia a las tantas de la noche.
Qué bien me sentó la ducha.

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